«Todo empezó un soleado día de principios de verano, cuando todavía no hay muchos turistas. Se levantó de la cama de un salto y salió por la puerta del hotel corriendo. No había tenido ni siquiera tiempo de desayunar y se desvió un poco de su camino para pasar por la pastelería de Leo, la mejor del pueblo, con el chico más guapo ¡con esos ojazos!… Pero ahora no, pensó, no era el momento de acordarse de los ojazos de Leo, que si no se daba prisa el barco se iría sin ella ¡no sería la primera vez!
Tenía la idea de comprar algo ligero, un cruasán, pero con los pasteles de chocolate recién hechos era imposible resistir la dulce tentación… » (continuará)
CR.
